No serán tan amigos…

Desde el primer diálogo, el film nos introduce en un universo paralelo. Nos aproximamos al territorio exclusivo de una gran universidad americana como Harvard. Pero no sólo eso, nos adentramos en el modus vivendi de la generación digital, formada por los nacidos en los años 80-especialmente en la segunda mitad de la década- y que han crecido rodeados de Internet, móviles y demás avances tecnológicos consolidados en el nuevo milenio. Finalmente, la película focaliza su atención en los próceres de este nuevo mundo: los ingenieros informáticos.

Fincher consigue, una vez más, trascender más allá del argumento para conseguir una brillante radiografía cinematográfica del tiempo que nos ha tocado vivir. Todo el film está recorrido por el espíritu de una era con evidentes signos de identidad, aunque, vista de manera superficial, pueda parecer que su principal cualidad sea la falta de aquélla. Un tiempo marcado por un buenrollismo generalizado que tiene su límite en el momento en el que la vida, como siempre, sale al encuentro; por la dictadura de lo políticamente correcto donde alguien puede ser desprestigiado por, supuestamente, obligar al canibalismo a una gallina ¿¡!!!?! antes que por su falta de ética y moral en las relaciones profesionales y personales; por una realidad virtual que parece la más real y en el que el contacto humano siempre es de segunda mano; por la dictadura de la juventud y su conocimiento del avance tecnológico dejando en manos de niñatos responsabilidades excesivas; por una absoluta incapacidad para la comunicación y la empatía con los otros; por la incapacidad para analizar racionalmente los conflictos dejándose llevar por las rabietas infantiles a la hora de afrontarlos; por la confusión entre brillantez discursiva y verborrea de gallito de barrio y finalmente por una soledad e inseguridad extremas disfrazadas por una pose patética de supermen y superwomen.

No quedan ahí los aciertos de Fincher y del guionista del Ala Oeste de la Casa Blanca, Aaron Sorkin. El film también nos muestra, a la vez que se erige en evidente muestra de ello, que en esta supuesta sociedad global con total acceso a la información y al conocimiento, los seres humanos vivimos cada vez más aislados los unos de otros, en nuestro minúsculo y personal reino de taifas, marcado por nuestro lugar de residencia, nuestra formación, nuestros hobbies elegidos o impuestos y, sobre todo, la generación a la que pertenecemos.

Y… el gran acierto del film, aunque pase bastante desapercibido. Algunos críticos se sienten decepcionados porque el film está protagonizado por niñatos arrogantes, egocéntricos y deshumanizados, mientras que los personajes de una de las abogadas y el de la novia de Zuckenberg, que son las únicas que le leen la cartilla al prota, tienen apariciones casi anecdóticas. Lo contrario, sería falsear la realidad. En el mundo actual no tienen preponderancia alguna las voces de la conciencia (como el Martin Sheen de la primera Wall Street) sino los Zuckenbergs.

Por último, y para mí lo más importante, la película, repleta de jerga informática, universitaria y yanqui, te engancha desde los primeros minutos y no te suelta hasta el memorable desenlace, revelador de la actitud ante la vida del protagonista…y de su ex novia.

Como dijo la madre de un querido amigo, un día que sus hijos estaban hablando de los centenares de amigos que ya tenían en facebook: “¡No serán tan amigos!” La voz de la sabiduría.

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