La cinta es esencialmente entretenida y poseedora de un buen ritmo que nunca decae. Es cierto que la tensión es más teórica que real, no llega a palparse. De igual manera, varios tramos del guion son esencialmente inverosímiles del mismo modo que el film podría haber llegado mucho más lejos en su componente crítico. A dicha inverosimilitud colabora el personaje de Clooney, lastrado por una verdad absoluta de la industria: Las estrellas no quieren interpretar personajes esencialmente detestable.

La locura que nos rodea plasmada con ritmo y perspicaz cinismo

Un film que funciona como entretenimiento pero que también fustiga los claroscuros y la corrupción de nuestra sociedad quizá de manera insuficiente y simplista pero efectiva y mostrando un espíritu critico y (auto)crítico muy de agradecer.
El simple hecho de que en el Hollywood actual haya surgido este proyecto y se haya hecho realidad plasmado en un interesante film ya es de agradecer. La industria cinematográfica actual ha encontrado hace años la fórmula que llevaba ansiando desde las sucesivas crisis de finales de los 50, mediados de los 60 y principios de los 80. Esa fórmula con la que ahuyentar el fantasma del que habla William Goldman (guionista de La princesa prometida entre otras muchas) en los dos volúmenes de su imprescindible: “Aventuras y desventuras de un guionista en Hollywood”: La sensación entre los miembros de la industria de que “nadie sabía nada” sobre los gustos del público y que cada film era un prototipo único difícil de vender.

La fórmula (casi) mágica se ha alcanzado en forma de una filosofía de producción que gira alrededor de escasos géneros y nulo riesgo: Adaptación de comics, traslación a la pantalla de éxitos literarios fundamentalmente fantásticos, cine de terror, algo de comedia simple, dosis de cine indie y…poco más. ¡Dios Mio! Si casi ya ni se producen thrillers y policiacos porque en el último lustro, la mayoría han sido ignorados por el público. Parece que, por fin, Hollywood sabe lo que la gente quiere y no va a dejar de dárselo mientras la cosa siga siendo rentable. Algo por otra parte totalmente lógico y nada criticable. La pregunta sería que ha pasado en nuestra sociedad para que el público de la espalda al resto de géneros.

En este contexto es muy difícil, aunque nunca imposible, que los artistas se salgan del tiesto, aportando una visión no monolítica de nuestro mundo y tiempo. El productor Heslov, muchas veces asociado a George Clooney, (Agosto, Argo, Los Idus de Marzo, Los hombres que miraban fijamente a las cabras) es de los pocos que todavía hace “pelis de pensar, de reflexionae”, una de las habilidades que nos diferencia como humanos pero que nos empeñamos en evitar. A veces se equivoca pero por lo menos lo intenta.

Ahora junto a su inseparable Clooney, de la Roberts y confiando en Jodie Foster detrás de las cámaras por cuarta vez y un trio de guionistas acostumbrados a trabajar juntos en cine y televisión (Grimm, The bridge) levanta un proyecto anticorriente que sólo será un relativo éxito comercial por la protagonismo de ambas estrellas.

La cinta es esencialmente entretenida y poseedora de un buen ritmo que nunca decae. Es cierto que la tensión es más teórica que real, no llega a palparse. De igual manera, varios tramos del guion son esencialmente inverosímiles del mismo modo que el film podría haber llegado mucho más lejos en su componente crítico. A dicha inverosimilitud colabora el personaje de Clooney, lastrado por una verdad absoluta de la industria: Las estrellas no quieren interpretar personajes esencialmente detestables. Así su rol pasa de ser un egocéntrico insoportable, un triunfador obsceno en su indecencia a casi un héroe.

Como contrapartida, el guion nos regala varias escenas en las que parece que la trama se va a perder por el desagüe del sentimentalismo más raciamente hollywoodiense. Aquí está lo mejor de la función. No sólo no lo hace sino que saca a la luz unas cargas de cinismo, inteligente y cómico no amargado ni sabiondo, que son, sin duda, lo mejor de la función.

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