Amargo retrato generacional.

“Las distancias” es una cinta de apariencia pequeña pero grande en su forma de ir tocándonos la fibra, gotita a gotita, casi de manera imperceptible gracias a una estructura narrativa que sigue una de las máximas del maestro Hitchcock que, parafraseando, venía a decir que no hay que darle las cosas demasiado mascadas al espectador.

Efectivamente, “Las distancias” nos va introduciendo poco a poco, y sin aspavientos, en el microcosmos de un grupo de amigos de una forma sorda, esquiva. Sin abandonar las constantes del subgénero del “reencuentro” el film se muestra original a la par que personal. Las soluciones dramáticas no resultan tópicas aunque, en ocasiones, sí son algo forzadas, fruto de la inexperiencia de la directora en lo que es su segundo largo de ficción.

El film requiere algo de paciencia y esfuerzo al espectador con un arranque peculiar, pero el buen aficionado se verá recompensado con una buena historia que va descubriendo sus claves secretas poco a poco, de forma que vamos comprendiendo, aunque no siempre disculpando, las iniciales acciones casi incomprensibles de los personajes.

Mención especial merece el personaje interpretado por una magnífica Alexandra Jiménez, premio a la mejor actriz en el Festival de Málaga, donde también se alzó con los galardones de mejor película y mejor dirección. Ella es la protagonista de algunos de los mejores momentos del film, como aquel en el que tiene un encuentro inesperado con una joven alemana en el que se desvela parte de la red de mentiras y secretos que ha tejido este grupo de amigos que lleva tiempo resquebrajándose pero que será en este viaje en el que explote definitivamente por los aires.

Finalmente añadir que el resto del reparto raya a buena altura ayudando a transmitir las angustias personales de estos seres y, a la vez, convertirse en un convincente retrato de una generación marcada por la inmigración, el miedo al compromiso y el pavor al enfrentamiento.

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