El film se queda a mitad de camino entre el puro entretenimiento y un cine más profundo y esa indefinición compone su encanto y a la vez su escasez de vuelos.

Los negocios son una guerra sucia

Sin contarnos nada nuevo o que no sepamos, guionista y director de El fundador se las arreglan para dosificar de manera inteligente la información que se nos da y aunar forma, fondo y ritmo a la evolución de la historia y los personajes de manera que se hace un recorrido desde la ingenuidad hacia el cinismo de todo un pueblo, país y época.

Estrenada en España, curiosamente, el mismo día que Gold, el film interpretado por Mathew McConaughey sobre buscadores de oro, ambos films ahondan en las contradicciones del sueño americano, uno de los temas más queridos por Hollywood. Pero lo hacen poniendo el foco del protagonismo en los dos lados de la moneda: si en Gold el prota es el soñador que el sistema quiere engullir aquí el protagonista es el que fagocita a los soñadores e idealistas creadores del primer McDonalds.

Aunque bien es cierto que el personaje, competente interpretado por Michael Keaton, sueña con encontrar algo que le haga rico, realmente no disfruta tanto con el trabajo bien hecho y con la satisfacción del cliente como con el enriquecimiento y el prestigio de ver su nombre en la cabecera del membrete. En el fondo, el film es la historia de una corrupción personal, de una renuncia al idealismo en pos de la érotica del poder económico y empresarial.

Por ello, el director filma de una manera placentera la primera hora del film (que se puede hacer algo aburrida debido a un ritmo algo letárgico) y guarda para la segunda mitad las cargas de profundidad sobre la falacia del sueño americano como algo puro y no profundamente corrompido e hipócrita.

El film se queda a mitad de camino entre el puro entretenimiento y un cine más profundo y esa indefinición compone su encanto y a la vez su escasez de vuelos.

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