Una pérdida de tiempo absoluta y brutal.

Más de 18 millones de taquilla en España en 4 semanas y casi 300 en 2 semanas en su país de origen. Poco más se puede añadir a esos datos que justifican totalmente la existencia de este producto fabricado en serie y que responde al único, lógico y nada criticable objetivo de Hollywood: convertir dinero en más dinero y así sucesivamente.  Y Bayona quizá sea el mejor español posible para este objetivo porque es un tipo tan maravilloso que realmente cree en lo que hace. No es que haya vendido su alma diablo y, por tanto, su figura tenga mucho de trágica sino que realmente quiere hacer lo que hace y, por tanto, disfruta con ello. Tiene la clave de la felicidad en el siglo XXI.

Lo que toca la moral es que, si el objetivo no es hacer una buena y perdurable película, muchos se empeñen en decir que lo es. La cinta está impecablemente producida y dirigida pero es terriblemente rutinaria, no aporta nada a un filón creativamente agotado y es una rudimentaria caída hacia un desenlace que es lo mejor de este industrial trabajo. Es lo mejor, porque finalmente se acaba esta sublime tontería que, además, busca la coartada moral del animalismo y el ecologismo para recibir un beneplácito que no merece por lo único que debe ser juzgada fuera de los parámetros económicos: su inexistente calidad.

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