Se puede acusar al cine de Iñarritu de muchas cosas pero no, desde luego, de rutinario. Iñarritu y su equipo se complica la vida, se mete en berenjenales más que importantes y se reta a sí mismo para alcanzar la excelencia. En El renacido, el director y su cómplice el director de fotografía argentino Emmanuel […]

Se puede acusar al cine de Iñarritu de muchas cosas pero no, desde luego, de rutinario. Iñarritu y su equipo se complica la vida, se mete en berenjenales más que importantes y se reta a sí mismo para alcanzar la excelencia. En El renacido, el director y su cómplice el director de fotografía argentino Emmanuel Chivo Lubezki (que ya puede ir haciendo hueco en su estantería para un nuevo Oscar) se lían la manta en la cabeza y filman las dos horas y media del film prácticamente en su totalidad en exteriores, en condiciones extremas y con una deslumbrante y arriesgada fotografía que se salda con un triunfo histórico y en la verdadera marca de estilo de esta probable ganadora de los Oscars de 2015.


LA DIRECCION DE FOTOGRAFIA COMO MARCA DE
ESTILO


Calificación: 3,5/5


 Si
confrontamos superficialmente las dos cintas más recientes del director
mejicano (la ganadora de los Oscars del año pasado, Birdman, y el film que  nos ocupa que va por el mismo camino en la
ceremonia de este año) podríamos pensar que no tienen nada en común y que están
concebidas por autores distintos. Ni las preocupaciones vitales, ni los
personajes, ni su hábitat, ni la época histórica ni la concepción del mundo que
se puede extraer muestran relación alguna. Desde luego, no se puede acusar al
director de 21 gramos o Amores perros de repetirse un ápice en sus films más
recientes.

Sin embargo, a nivel
estético y narrativo, ambas obras son coherentes y complementarias. Tanto la
odisea psicológica de Michael Keaton como la lucha contra la naturaleza de Di
Caprio tienen en común la concepción de la profesión cinematográfica como un
oficio en continua búsqueda de la superación y la innovación. Muchas veces he
denunciado que muchos directores y técnicos de la industria hollywoodiense
actual se toman su profesión como un trabajo de 9 a 5 en el que el principal
objetivo es complicarse la vida lo menos posible, asumir cero riesgos, cumplir
sino reducir los plazos de rodaje, repetir fórmulas gastadas y llenar la
pantalla de primeros planos (haga falta o no) para reducir al máximo los
problemas de producción de todo tipo (fotografía, decorados, localizaciones,
raccord), Todo ello,  sabedores que a la
mayoría del público sólo le interesa ver rostros bellos y famosos en pantalla y
la anécdota argumental, desprendiendo así al séptimo arte de lo que le
diferencia del teatro o la literatura: la capacidad de trasmitir emociones de
manera inconsciente a través del despliegue de recursos visuales que el
brillante artista cinematográfico comparte en su lienzo personal: el fotograma
que será proyectado en las pantallas de todo el mundo. Esta manera rutinaria de
hacer películas ha dado lugar a que el cine haya involucionado convirtiéndose
en un medio de comunicación analfabeto en el que la mayoría de las veces no se
utiliza ni el 10% de sus posibilidades expresivas.

Se puede acusar al
cine de Iñarritu de muchas cosas pero no, desde luego, de rutinario. Iñarritu y
su equipo se complica la vida, se mete en berenjenales más que importantes y se
reta a sí mismo para alcanzar la excelencia. Si Birdman estaba concebida como
un gran, único (y gracias a las nuevas tecnologías) falso plano secuencia con
el reto que eso supone para la dirección, la interpretación y la fotografía, en
El renacido, el director y su cómplice el director de fotografía argentino
Emmanuel Chivo Lubezki (que ya puede ir haciendo hueco en su estantería para un
nuevo Oscar) se lían la manta en la cabeza y filman las dos horas y media del
film prácticamente en su totalidad en exteriores, en condiciones extremas y con
una deslumbrante y arriesgada fotografía que se salda con un triunfo histórico
y en la verdadera marca de estilo de esta probable ganadora de los Oscars de
2015.

La concepción del
film es hiperrealista sin olvidar el componente poético que recuerda por
momentos al mejor Terrence Malick. Desde la primera secuencia, el film nos coge
por el cuello y ya estamos imbuidos de la salvaje Norteamérica del siglo XIX.
Eso sí, aunque hay evidentes críticas al colonialismo y a la codicia, que nadie
espere una trama compleja (el argumento se puede resumir en una página), metáforas
que expliquen el sentido de la vida ni subtextos perspicaces. Sin embargo, el
aburrimiento no me invadió en ningún momento, aunque, por desgracia y eso la
aleja de la condición de obra maestra, los bajones de ritmo son evidentes. Este
es un film fundamentalmente experiencial cuyo objetivo es que compartamos con
el personaje de Di  Caprio una odisea
sobrehumana de supervivencia. El film, que se inspira en la misma novela que
dio lugar a un film de 1971, El hombre de una tierra salvaje, me recordó mucho
más a otro maravilloso film de aquella época, Las aventuras de Jeremiah Johnson
de Sydney Pollack con Robert Redford. El film que nos ocupa sería su
actualización sin autocensura. Porque un aviso para navegantes: la crudeza de
la vida salvaje es mostrada sin tapujos y, por tanto, el film no es apto para
todos los estómagos.

Finalmente indicar
que si, después de cinco nominaciones, no le dan el Oscar a Di Caprio ya no se
lo harán hasta que sea un octagenario al que le cueste articular sus palabras
de agradecimiento. No se queda a la zaga uno de los actores del momento, Tom
Hardy (Mad Max) también nominado. Pero me quedo con la mirada inquisitiva de
Leo al auditorio en el plano final, momento en el que ya se ha quedado sin
razones para seguir sobreviviendo.


FICHA ARTÍSTICA Y SINOPSIS

Estados Unidos, 2015.-  156  minutos.- Director: Alejandro Gonzalez Iñarritu.- Intérpretes: Leonardo Di Caprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Will Poulter, Forrest Goodluck, Paul Anderson, Kristoffer Joner, Joshua Burge.- WESTERN DRAMATICO Y DE SUPERVIVENCIA.- Año 1823. En las
profundidades de la América salvaje, el explorador Hugh Glass (Leonardo
DiCaprio) participa junto a su hijo mestizo Hawk en una expedición de tramperos
que recolecta pieles. Glass resulta gravemente herido por el ataque de un oso y
es abandonado a su suerte por un traicionero miembro de su equipo, John Fitzgerald
(Tom Hardy). Con la fuerza de voluntad como su única arma, Glass deberá
enfrentarse a un territorio hostil, a un invierno brutal y a la guerra
constante entre las tribus de nativos americanos, en una búsqueda implacable
para conseguir vengarse

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