Tarantino vuelve a vengar la injusticia histórica con otro canto de amor cinefilo

Tarantino ha conseguido su segundo Oscar como guionista (el primero fue hace casi 20 años por Pulp fiction) con un film que forma un evidente díptico con Malditos bastardos, ya que en ambos usa el poder del cine para mejorar la historia de la humanidad, para reparar, aunque sólo sea de manera poética, otra de las grandes injusticias históricas. Si en su anterior obra filmaba el hipotético asesinato de Hitler, con lo que creaba una Segunda Guerra Mundial paralela, aquí prefiere abandonar los grandes nombres de la historia para dar el protagonismo a un negro orgulloso que no se doblega ante el sistema esclavista sureño y que destruye los símbolos de poder del mismo.

Sin duda, lo más clarividente del libreto del autor de Kill Bill es la manera perfecta en la que, desde la narrativa cinematográfica, muestra y demuestra como el esclavismo, era, ante todo, una cuestión económica, una manera diabólicamente perfecta de conseguir mano de obra gratuita y así competir con los estados del Norte. Fue esa competencia desleal lo que llevó al Norte al deseo de abolirla, no la defensa de los derechos humanos. Por supuesto, que existían norteños que detestaban la esclavitud por razones morales y sureños que efectivamente detestaban a los negros, pero las clases dominantes de ambos bandos se guiaban, fundamentalmente, por criterios económicos. Por ello en la película, los terratenientes sureños tragan con las insolencias de Django atraídos por un posible beneficio económico.

Centrándonos en el trabajo de Tarantino, encontramos al enfant terrible en la cúspide de su talento narrativo. Juega con el tiempo, con el espacio, con los referentes, con la narración, con el montaje, con los tonos cromáticos y con los símbolos con verdadera maestría a la vez que se inventa una locamente maravillosa excusa para incluir un personaje alemán en la trama para poder volver a contar con Christoph Waltz, el inolvidable Landa de Malditos Bastardos. Y el actor alemán encantado porque ha obtenido el Oscar por cada una de las películas.

La cinta arranca con una secuencia de apertura que pretende ser tan brillante como la de Malditos bastardos sin conseguirlo, pero, a partir de ese momento, la descripción de la relación entre Django y este teutón y su peregrinaje por el polvoriento Sur esclavista como cazarrecompensas es notable, rítmico y fascinante. Mención especial para el episodio protagonizado por un divertido Don Jonson, que incluye una escena (la más divertida del film) que desmitifica y ridiculiza al KKK para siempre.

Con la aparición del personaje de Di Caprio la cinta parece detenerse pero es en este largo, muy largo episodio -que nos conduce ya hasta el final de la cinta- donde Tarantino asume un tour de force arriesgado del que sale más que triunfante. Este loco del cine estira el tiempo hasta límites insospechados, filmando la velada final casi en tiempo real creando una sensación de fuerte incomodidad sobre el destino de Django. Además, presenta su segunda tesis tan real como incendiaria. En cualquier colectivo marginado, siempre encontramos individuos encantados con eses status quo discriminatorio que colaboran con gusto y casi con mayor empeño que los opresores en mantener y acrecentar ese status quo, a la par que desprecian a sus iguales más combativos. Ya se sabe que no ha habido personas más machistas que algunas mujeres, más defensores del capitalismo salvaje que algunos pobres o más racistas que algunos negros, como el trasunto del tio Tom, magníficamente interpretado por Samuel L. Jacskon.

Por último indicar para aquellos que busquen en el film una versión del clásico del spaghetti-western Django (1966) que la única relación entre las dos películas es la aparición en un cameo de Franco Nero, el protagonista de aquella. Igual ocurría con Malditos bastardos, concebida inicialmente como una versión de Inglorious Bastards Quel maledetto treno blindato o Aquel maldito tren blindado, entre otros de los títulos con los que he conocida la divertida cinta de 1978 de uno de los maestros de Quentin, Enzo G. Castellari en la que, finalmente, los malditos bastardos tenían poco peso en la trama y a los que, quizá, Tarantino de una nueva oportunidad en lo que podría ser el cierre de una posible trilogía de la venganza.

Da la impresión de que la cabeza de este contador de historias bulle a gran temperatura, que empieza a escribir con una idea y que al final llega a otra muy distinta e igualmente salta de un proyecto a otro hasta que encuentra el que realmente le motiva en ese momento Por ello, no confiemos mucho en esa tercera entrega…aún estamos esperando la de Kill Bill. Mejor dejarnos llevar por lo que nos quiera proponer en su próxima odisea en celuloide.

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