Si el director francés Tavernier dijo una vez que la obra del guionista Tesich (Four Friends o El relevo) era progresista y valiente por el simple hecho (lo hiciera bien o mal) de hablar de sentimientos en la era de los Stallone, Schwarzeneger y demás…algo parecido se puede decir de dos obras recientes de los […]

Si el director francés
Tavernier dijo una vez que la obra del guionista Tesich (Four Friends o El
relevo) era progresista y valiente por el simple hecho (lo hiciera bien o mal)
de hablar de sentimientos en la era de los Stallone, Schwarzeneger y demás…algo
parecido se puede decir de dos obras recientes de los Coen: Un tipo serio y la
que nos ocupa. En un contexto audiovisual –especialmente el televisivo- tan
obsesionado con las tramas hipetrofiadas llenas de efectismos, giros,
cliffhangers y atropellamiento de peripecias y peligros, hacer una película en
la que, aparentemente, “no pasa nada” es un suicidio comercial.
COHERENTE CATALOGO DE DECEPCIONES Y EXPECTATIVAS FRUSTRADAS

CALIFICACION: 3,5/5

Estados Unidos, 2013.- 105 minutos.- Director: Joel y Ethan Coen.-
Intérpretes: Oscar Isaac,Carey Mulligan,John Goodman,Garrett Hedlund,Justin Timberlake,F. Murray Abraham,Adam Driver.- DRAMA FATALISTA.- Nunca he sido un
defensor acérrimo de los Coen. Algunas de sus películas no me llegan a
convencer (Barton Fink, El gran salto, Crueldad intolerable o Arizona Baby) y
otras me parecen insoportables (Ladykillers o O Brother!) De todas maneras, es
cierto que la recepción de una obra artística –más si es cine y más todavía si
se trata de un cine tan personal como el de los hermanos judíos de Minnesota- depende
sobremanera del estado de ánimo y expectativas con el que uno se enfrente a
ella…así que, a lo mejor, reviso esas cintas y ahora me encantan.

El caso es que mis
opiniones no vienen cegadas por una idolatría o un odio visceral a la obra de
los autores de Fargo. Lo que sí puedo decir es que su nuevo film es uno de los
más valientes producidos por la industria hollywoodiense en los últimos años.
Si el director francés Tavernier dijo una vez que la obra del guionista Tesich
(Four Friends o El relevo) era progresista y valiente por el simple hecho (lo
hiciera bien o mal) de hablar de sentimientos en la era de los Stallone,
Schwarzeneger y demás…algo parecido se puede decir de dos obras recientes de
los Coen: Un tipo serio y la que nos ocupa. En un contexto audiovisual
–especialmente el televisivo- tan obsesionado con las tramas hipetrofiadas llenas
de efectismos, giros, cliffhangers y atropellamiento de peripecias y peligros,
hacer una película en la que, aparentemente, “no pasa nada” es un suicidio
comercial. Si además esa falta de trama no viene compensada con humor satírico de
cara a la galería –quien busque algo
parecido a “El gran Lebowski” se va a llevar una hostia importante-, podemos
decir que los Coen han vuelto a hacer lo que les ha dado la real gana…que para
eso pueden…Al respecto, digo lo mismo que con Woody Allen. Si no te mola, no vayas.
Nadie te apunta con una pistola para comprar la entrada.

Y sus decisiones al
respecto me parecen magníficas. Esto no es una comedia sobre seres tan
patéticos como dignos al estilo de la gloriosa El gran Lebowski. Esto es el
descenso a la miseria de un héroe trágico sin capacidad de redención; mitad por
su culpa, mitad por culpa del entorno y gran parte debido al fondo insobornable
del que hablaba Unamuno y que en el contexto actual le suena a chino al 99,9 %
de los occidentales. Un protagonista condenado a repetir una y otra vez los
mismos errores, tal cual un héroe griego… como recalcan los Coen, quizá
demasiado, con la estructura circular de eterno retorno y el nombre del gato
que mueve parte de la acción.

Sería falaz,
obsceno, pernicioso e indecente “suavizar” la tragedia de este pobre hombre
(frío, hambre, soledad, falta de un entorno familiar enraizado) con
chistecillos o tramas supuestamente divertidas para no aburrir a un público mal
acostumbrado por las fórmulas hollywoodienses y las fórmulas hollywoodienses
creadas para parecer que no son formulas…La ilusoria pseudoindividualización de
los productos culturales que a partir de la intercambiabilidad de las partes
quiere dar sensación de novedad al mismo refrito una y otra vez. No lo digo yo,
lo dijeron Adorno y Horkheimer, dos visionarios que criticando la música jazz
de su época no sabían que sus teorías iban a ser mucho más aplicables a tanto
producto audiovisual que hace creer a sus ilusas audiencias que están ante algo
realmente nuevo. Por ejemplo, el tan cacareado atrevimiento verbal de series
como Orange is the new black o la creencia de que no ha habido policías más corruptos
y oscuros que los de las últimas series televisivas sólo puede ser asumido como
verdad absoluta por desconocedores absolutos de la producción audiovisual
mundial de los años 60 y 70.

Por otra parte, Los
Coen muestran un gran conocimiento del cine de perdedores de los 70 íntimamente
relacionado con la road movie; cuatro ejemplos me vinieron a la mente mientras
veía este film: Mi vida es mi vida de Rafelson, El espantapájaros de
Schatzberg, El último deber de Ashby y Llueve sobre mi corazón de Coppola).

Ay, Hermanos Coen, Hermanos
Coen… ¿de verdad pensabais que, hoy en día, esta forma de hacer cine le puede
interesar más que a cuatro colgaos, como el que escribe esto? Para colmo de
insatisfacciones suministradas por el film, tampoco se hace un ejercicio
nostálgico de aquella época y se esquivan todos los atajos sentimentales,
progres o humanistas de aquel cine. El viaje sin sentido a Chicago es
paradigmático. En las road movies clásicas los compañeros de viaje aportaban
algo a la vida del protagonista y el inevitable viaje para reencontrarse con
una familiar aquí se evita como la peste.

Para completar la
nómina de deseos no satisfechos por los Coen, la imagen que se da de la idílica
musica folk de los 60 no puede ser más demoledora ejemplificada en varias
escenas: la grabación en estudio de un tema ridículo que dará muchos royalties
que el protagonista nunca cobrará por culpa de su estilo de vida desastroso, el
joven militar que canta letras empalagosas pero exitosas, el personaje de
Mulligan (una doctora Jekyll cuando canta y una Mrs. Hyde el resto del tiempo),
la reacción del padre del protagonista cuando éste le canta en el asilo la
primera canción que compuso cuando todavía era un niño, el veredicto del
magnate de la industria discografica ante la canción que elige el protagonista
para intentar ser contratado, la brutal escena en la que Lewis se niega a
cantar para divertimento de los profesores que le han invitado a cenar “¿Si os
invitara a cenar, te gustaría que te pidiera que me dieras una clase a cambio?”
les espeta.

Esta escena funciona
como ejemplo paradigmático de la gran metáfora que rodea este film: ¿Por qué nunca
triunfará Lewis? Porque su fondo insobornable le impide dar al público lo que
éste le pide…lo mismo pasa con este film…Y por eso será un fracaso, una
decepción e incluso, algunos atrevidos, dirán que es una mala película. Por que
no les da el mismo perro manso con otro collar sino un perro rabioso que, si
puede, morderá la mano que le da de comer (en este caso la de los fans frikies
de los Coen)

Nueva York, años sesenta.
Llewyn Davis es un joven cantante de folk que vive en el Greenwich Village. Con
su guitarra a cuestas, durante un frio e implacable invierno, lucha por ganarse
la vida como músico. Sobrevive gracias a la ayuda de sus amigos y de algunos
desconocidos a los que presta pequeños servicios. De los cafés del Village se
traslada a un club de Chicago hasta que le surge la oportunidad de hacer una
prueba para el magnate de la música Bud Grossman.

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