La puesta en escena como rasgo indiscutible de autoría

Por temor a equivocarme, no le puedo recomendar esta película ni a mi mejor amigo ni a mi peor enemigo. No vaya a ser que el primero la deteste y el segundo la ame. Conozco a muchos fans de la cinta original de Argento de 1977. No me encuentro entre ellos. La estética chillona y la narrativa atolondrada del maestro del giallo (cine de terror italiano de los 70) no va conmigo. Pero aprecio lo que tiene de atractivo, rompedor y curioso. Por ello, no he ido a la sala a cargarme, por sistema, la versión de Guadagnino, haya hecho lo que haya hecho.

Y he de decir que, en mi opinión, chapeau por el director de Call me by your name. En tiempos de remakes clónicos donde la única diferencia es que se higieniza el original para convertir cintas subversivas en películas para toda la familia, Guadagnino nos regala un trabajo muy diferente a la cinta original, añadiendo una trama completa totalmente nueva y consiguiendo, en mi opinión, un film más sólido y compuesto por más posibles lecturas que la original.

Si la cinta setentera se centraba en un tema, tan querido en la época, como el descubrimiento por parte de un personaje joven inocente del mundo corrupto de los adultos, aquí las posibles interpretaciones se multiplican. Prueba de ello son la cantidad de artículos que han aparecido recientemente intentando explicar la versión de Guadagnino, muy centradas en una visión de lo femenino como un elemento sanador frente a la culpa.

Todo ello es muy subjetivo y propenso a la diversidad de opiniones. Lo que no es opinable es el titánico esfuerzo de puesta en escena del director transalpino. En un contexto de analfabetismo fílmico -o directamente pereza- aplaudido por el gran público al que sólo parece interesarle la trama y los efectos especiales, el autor de la nueva Suspiria compone con gusto y riesgo cada plano, cada escena consiguiendo un film que más que verse, se siente, convirtiéndose en una experiencia más visceral que intelectual. Baste como ejemplo, la secuencia del doble baile, que ya debería estar en los anales del cine del siglo XXI.

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